El Diccionario de la RAE define discapacidad como: “situación de la persona que por su condición física o mental duradera se enfrenta con notables barreras de acceso a su participación social”. 

        Por otro lado, el diccionario Oxford Languages la define como: “falta o limitación de alguna facultad física o mental que imposibilita o dificulta el desarrollo normal de la actividad de una persona.”

        No cabe duda de que desde los tiempos en los que términos como mongólico, minusválido y similares eran utilizados como verdades clínicas absolutas van quedando atrás, por fortuna. Sin embargo, creo que es necesario entender que las palabras no son sólo letras juntadas para crear unidades superiores de lenguaje con las que poder comunicarnos. 

        Las palabras crean el lenguaje, el lenguaje da forma a los pensamientos y estos van conformando poco a poco un discurso, individual o colectivo, que modifica la realidad. Sin embargo, demasiado a menudo se nos olvida que el lenguaje es algo vivo, que seguirá evolucionando mientras que el ser humano lo haga. 

        Afortunadamente, no sólo evoluciona el lenguaje, sino que también lo hacen la ciencia, la arquitectura, la electrónica y todos los demás campos. Por tanto, estimo importante empezar a actualizar los conceptos (ideas que contribuyen en  la forma en la que concebimos la realidad a nuestro alrededor) y empezar a repensar qué es y cómo interactuar con la discapacidad.

        Así, creo que es imprescindible hacernos ciertas preguntas: ¿qué es realmente la discapacidad? Y lo que es más importante, ¿qué significa ser discapacitado?

        Si me preguntan a mí, me veré en la obligación de decirles que creo que etiquetas como “minusválido” (despropósito lingüístico donde los haya), mongólico, retrasado, etc., no son más que simples coartadas para poder justificar la discriminación ejercida contra este colectivo, del cual formo parte, por el simple hecho de representar algo tan incómodo como real: la miseria humana (en su acepción de desgracia o infortunio) y el hecho de que lo que hace que unas personas nos veamos en estas situaciones y otras no es tan sutil como aleatoria.

        Pero volviendo a centrar el tema, y dejando de lado lo azaroso de la genética y los acontecimientos, quiero intentar demostrarles (ego gigantesco el mío) que la discapacidad tiene un gran e indiscutible elemento social. Me explico.

        Partamos de la base de que, en principio, una discapacidad es una falta de capacidad; y de que nos encontramos, con todas las consecuencias que ello conlleva, en la sociedad técnica, legal y socialmente más avanzada que ha existido. Bien, si entendemos por capacidad la aptitud para ser sujeto de derechos y obligaciones y de ejercer ambas, ¿no sería pertinente/adecuado decir que lo que separa a una persona con capacidad completa de una con ciertas carencias en la misma es la falta de medios?

        Piénsenlo de esta manera, ¿cuántos de ustedes son duchos en el dibujo artístico? ¿Cuántos podrían pasarse horas y horas trasladando o cargando materiales? Atendiendo a las acepciones expresadas al inicio, más de un lector se puede colgar la etiqueta de “discapacitado”, puesto que “no sirve” para aquellas tareas A NO SER que se inviertan recursos en la misma: horas de estudio, maquinaria…

        Obviamente no soy ajena a las situaciones límite que presentan ciertas “discapacidades” (retrasos madurativos e intelectuales muy severos) y que impiden cualquier desenvolvimiento y/o interacción social. Pero ni todas las personas discapacitadas tienen este tipo de “hándicaps”, ni toda persona con una merma en la capacidad se puede definir como “discapacitado”.

        Y ahora es cuando nos metemos en un jardín aún más grande porque si no somos discapacitados… ¿qué somos? Bueno, a esta pregunta tengo un conato de proposición de respuesta.

        En los últimos tiempos, se ha venido utilizando el término “diversidad funcional” (funcionamiento diverso) como alternativa a etiquetas claramente discriminatorias como “minusválido”, “cojo”, “ciego”, etc… Y personalmente es un término que me gusta bastante, porque nació dentro del propio colectivo, por lo tanto no es una etiqueta exterior impuesta. Sin embargo, en mi opinión habría que afinar un poco más, porque por querer actualizar el término y eliminar las connotaciones negativas, también se corre el riesgo de eliminar el hecho diferencial que sirve de justificación para la (por desgracia aún necesaria) discriminación positiva.

        Por mi parte, entiendo que existen distintas privaciones en las capacidades (físicas, del desarrollo, intelectuales, orgánicas, sensoriales y múltiples); privaciones que no tienen por qué ser una carencia absoluta. Existe una gran gama de situaciones entre el blanco y el negro, que necesitan ser escuchadas y atendidas y que hoy son las grandes olvidadas. Pero para poder comenzar con buen pie, creo que no es descabellado clasificar estas privaciones entre: 

a) Discapacidad, como expresión de la falta insalvable de una capacidad.

b) Diversidad funcional, cuando existe una falta de capacidad a cualquier nivel, pero esta es/ puede ser suplida con alguna de las capacidades restantes del individuo (y algo de imaginación, para que lo vamos a negar). 

        Partiendo de esta nueva clasificación, con el cambio de paradigma que esto supone, ¿acierta el lector a establecer cuál es la diferencia entre que una persona sea discapacitada o diversa funcional?

        Exacto, la falta de medios. Y es que, para finalizar como se debe, me veo en la obligación de introducir un último concepto: igualdad. Y, de nuevo, acudimos a la RAE para entender que la igualdad es:

“El principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones“, tal y como proclama nuestra Constitución en su artículo 14. Esto no quiere decir que la falta de medios sea el único problema, ni que la abundancia de estos vaya a solucionar todos los problemas, pero si deja claro que por algún lado debemos empezar a afrontar la transición del sistema actual a uno más equitativo e igualitario.

        La sociedad debe entender que los sujetos con discapacidad y diversidad funcional partimos en situación de desventaja, debido a las barreras que nos impone nuestra situación personal y los impedimentos externos, por lo que, para poder competir “en igualdad de condiciones”, el concepto de igualdad debe ser aplicado en toda su extensión, creando mecanismos y otorgando recursos que nos permitan colocarnos a la misma altura del resto de ciudadanos. 

        De ahí que les exponga que los conceptos de “diversidad funcional” y “discapacidad” tienen un componente social y no reducido. Porque por mucho que un individuo en estas situaciones se esfuerce y dé lo mejor de sí mismo cada día, si se le deja sólo con sus insuficiencias, jamás podrá salir adelante. 

        Decía Arquímedes “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Bueno, pues ahí tienen la respuesta: denle a una persona con discapacidad o diversidad funcional los recursos necesarios para poder iniciar un cambio y esa persona será capaz de transformar todo su mundo.

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SOBRE LA AUTORA

Marta Mezquita Lucas es estudiante de 4º de Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos y Voluntaria en la Cruz Roja (Fuenlabrada).

Sus principales intereses se centran en el Derecho Penal, el Derecho Administrativo, el Derecho de Familia, los Derechos Humanos y todo lo referente a la discapacidad.

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